Hay palabras que cargué durante años como piedras en los bolsillos del abrigo — lisas de tanto girarlas, pesadas de tanto silencio.
Las ensayé en cuartos vacíos. Las escribí en servilletas que tiré a la basura. Las susurré al techo a las tres de la mañana, esperando que de algún modo las escucharas.
Tú hacías sagrado lo ordinario. Un martes por la mañana. Una taza olvidada en la mesa. La forma en que decías mi nombre como si significara algo que aún no me habías contado.
Debí decirlo entonces. No al final. No en un elogio fúnebre. No ante una sala llena de gente que ya lo sabía.
A ti. Mientras tus ojos aún podían encontrar los míos.